12 sept. 2011

¿De qué os INDIGNÁIS si sois vosotros los que habéis decidido no ser libres?


¿Por qué gritáis así? ¿Por qué protestáis de esa forma? ¿De qué os INDIGNÁIS? Si vuestra decisión ha sido y sigue siendo la de aceptar ser esclavo de otro; siervo de otro, ateneos ahora a las consecuencias. Deberíais de saber, que lo que os está pasando no es más que la consecuencia de vuestra voluntaria decisión de renunciar a la libertad y optar por la servidumbre.

¿Qué es lo que queréis? ¿Seguir siendo esclavos, pero con los grilletes menos apretados? Reconoced, al menos, que no estáis dispuestos a renunciar a vuestras cadenas; que sólo las queréis hacer más llevaderas.

Esta actitud me resulta tan ridícula como la de ese grupo de bestias que protestaban porque, en lugar de llevarles al matadero por el camino que ellos querían, les llevaban por otro diferente.
...
Vosotros mismos estáis en algo que se parece mucho a un matadero, y da la impresión que, más importante que el hecho de que os vayan a cortar todas vuestras extremidades, os resulta el modo en que éstas han de ser cortadas. Parece que lo más importante para vosotros no es salir del matadero; escapar de él, sino la manera de estar más a gusto en su interior. Pero al matadero sólo se va por un motivo, así que, ¡dejad ya de engañaros!

Me recordáis también a esa familia de desagradecidos, a la que unos amigos invitaron a pasar las vacaciones en su casa de la montaña, y estuvieron todo el tiempo quejándose porque estaba muy lejos del mar. Si no te gusta la casa ¿por qué te empeñas en seguir en ella a toda costa? ¿No ves que la casa se hizo para servir las necesidades de sus dueños, no las tuyas? Por mucho que te empeñes en reformarla, la casa siempre cumplirá la misma función: mantenerte en la montaña, lejos del mar.

Deberíais saber ya que cuando aceptasteis voluntariamente renunciar a vuestra libertad, a cambio de la supuesta protección de las murallas del castillo, estabais aceptando también que sus dueños pudieran disponer de vuestra vida a su antojo. Recordad que, en el contrato que firmasteis, lo menos importante era vuestra individualidad. En él, renunciasteis a vosotros mismos. Ese es el verdadero y único objeto de lo que llamáis contrato social, por más colorido con el que tratéis de representárosle en vuestra mente, para ocultar la cruda realidad.

Ahora, no deberíais quejaros porque ellos ejerzan el derecho que vosotros les concedisteis, sino de haberles concedido vosotros ese derecho, y por no tener el suficiente valor o la imaginación necesaria para pensar otras formas de vida, lejos del castillo. Nuestra libertad no muere cuando alguien nos la pide, sino cuando nosotros decidimos entregarla.

Si no te gusta el camino que te conduce al matadero ¿por qué te empeñas en seguir recorriéndolo? Si tan poco te agrada la casa que otros construyeron ¿por qué no te marchas de ella de una vez? Si tan infeliz te hace el contrato ¿qué esperas para romperlo?

En cualquier caso, aunque consiguiéseis mejorar la decoración de las paredes de la cárcel en la que vivimos, o incluso aumentar la ración del rancho en la misma, esto sólo tendría como resultado una cosa: que nuestra condición de prisioneros se haría aún más inconsciente y, por lo tanto, más imperceptibles nuestras cadenas, todo lo cual sólo haría aumentar la dificultad de librarnos de ellas, algún día.

¿No es hora ya de dejar de pensar en cómo mejorar nuestra vida en la prisión y empezar a teorizar sobre la forma de salir de ella? A menos que creamos (o queramos creer) que el hábitat natural de los seres humanos es la prisión.

Fuente: Antimperialista

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