26 ago. 2011

El enfrentamiento entre opuestos cómo garantía de supervivencia del sistema patriarcal-autoritario.

Casi todos los partidos han comprendido que para seguir existiendo les interesa que el partido opuesto no pierda fuerza; lo mismo cabe decir de la gran política. Una creación nueva, en especial, como el nuevo Reich, precisa más de enemigos que de amigos: sólo se siente necesario y sólo llega a ser necesario, frente a su antítesis. Friedrich Nietzsche. (1)
La política es el arte de engañar a los hombres. d'Alembert.
20110825173905-4.jpg(Una opinión de ANTIMPERIALISTA) Advertencia: La siguiente reflexión podría llegar a escandalizar a muchos lectores, lo cual, por otro lado, podría servir para hacerles comprender que quizás muchas de sus concepciones sobre la realidad social están basadas en dogmas e ideales y no en una observación racional o científica de dicha realidad. No es mi función ejercer de moralista, ideólogo o de consejero espiritual de nadie, sino analizar e interpretar los hechos sociales, según los conocimientos y datos de que dispongo actualmente, con la mayor sinceridad posible, por duro que esta interpretación pueda resultar, por lo que nadie espere encontrar en esta reflexión ningún tipo de
propuesta vital o social, sino tan sólo una interpretación muy personal de la sociedad patriarcal y de sus mecanismos de autoprotección.
La única forma de conseguir mantener unas estructuras autoritarias de poder (económicas, jurídicas, militares, policiales, intelectuales…), en una sociedad dada, es gracias a un continuo y perpetuo enfrentamiento (o a la escenificación del mismo) entre dos opuestos, con independencia de quién ejerza el poder en cada momento y de su signo ideológico. Igualmente, la única manera de fortalecer tales estructuras es mediante el enconamiento de dicho enfrentamiento.
Esto es lógico, pues, mientras subsista el enfrentamiento, la existencia de relaciones de poder de dominación-sometimiento serán necesarias, y cuanto más dure o más intenso se haga, más se esforzará el dominador por someter al dominado y, con ello, más se perfeccionará el sistema.
Por esto, se podría decir que el verdadero poder (que dista mucho de ser el llamado poder político) no tiene ni más ni menos interés en que un partido u otro sea el que alcance el gobierno, sino en que el enfrentamiento subsista y, con ello, el modelo de sociedad de estructuras autoritarias que a él le interesa. Una sociedad a la que podríamos denominar patriarcal-autoritaria.
El interés en el mantenimiento y fortalecimiento de este tipo de sociedad de estructuras autoritarias (de dominación-sometimiento) se debe a la necesidad que tiene el poder de movilizar a amplias masas poblacionales en un mismo objetivo: la producción por encima del desarrollo personal de los individuos; conseguir que los seres humanos vivan para trabajar y no trabajen para vivir; en otras palabras, conseguir mantenerles en la esclavitud. Todo lo anterior sólo puede llevarse a cabo a través de un modelo de sociedad jerarquizada, con estructuras autoritarias de poder que propicien un “juego social” encaminado a la productividad, por encima del desarrollo personal de los individuos.
El objetivo de esta reflexión no es tanto analizar cómo estas estructuras de poder consiguen dirigir al hombre hacia el productivismo o esclavismo (2), sino demostrar cómo se fortalecen y se renuevan, a través del enfrentamiento entre opuestos, para lo cual veremos varios ejemplos.
Antes de la Revolución de Octubre de 1917, los zares, durante siglos, ejercieron el poder político en Rusia, perfeccionando una sociedad de estructuras autoritarias, gracias al continuo enfrentamiento que tuvieron que librar contra enemigos externos (otros países) e internos (clases ascendentes como la burguesía), un enfrentamiento que además sirvió para movilizar a amplias masas poblacionales en la defensa inconsciente de dicho modelo de sociedad. Con la llegada al poder de los bolcheviques y la necesidad de éstos de defender a la naciente Revolución, tanto de enemigos externos (países capitalistas y fascistas) como internos (fuerzas pro-zaristas financiadas por la antigua aristocracia y por varias potencias extranjeras), se dio una vuelta de tuerca más en el fortalecimiento de las estructuras autoritarias de poder (dominación-sometimiento). Primero La Guerra civil en Rusia, después la Segunda Guerra Mundial y, por último, el largo periodo que duró la Guerra Fría fueron los pasos seguidos para perfeccionar una sociedad de estructuras autoritarias, que hicieron que Rusia, en apenas 7 décadas, pasara de ser una sociedad casi medieval a una de las sociedades más industrializadas del mundo.
En general, todos los procesos revolucionarios idealistas han sido de gran utilidad para implicar a amplias masas poblacionales en la defensa de estructuras autoritarias de poder. Unas masas que, de otro modo (es decir, si no hubieran estado dominados por fuertes ideales), jamás hubieran pensado en implicarse, voluntariamente, en la defensa de estructuras de dominación, las cuales, como ya he señalado, provocan, por su propia naturaleza, un “juego social” que conduce, invariablemente, al productivismo.
Otros ejemplos son los casos de Palestina o el pueblo saharaui, históricamente pueblos nómadas y libres que, gracias a la táctica del enfrentamiento con un opuesto, han llegado a ser domesticados hasta tal punto, que se ha conseguido que la práctica totalidad de sus miembros llegue a reclamar como necesaria la creación de Estados similares a los de sus enemigos, es decir, Estados de estructuras autoritarias de poder. De este modo, independientemente del triunfo de Marruecos o del Frente Polisario; de Israel o de Palestina, el triunfo ha sido y será del modelo de sociedad patriarcal de estructuras autoritarias, al conseguir que sean los propios sometidos los que exijan sus cadenas; un modelo que pondrá en práctica el vencedor, con independencia de quién sea.
El actual conflicto que vive Libia podría encuadrarse en todo este juego de renovación y fortalecimiento de las estructuras patriarcales autoritarias, a través del enfrentamiento entre opuestos. En un primer momento, la llegada al poder de Gadafi supuso, como en la URSS, un paso revolucionario en el fortalecimiento de las anteriores estructuras de dominación-sometimiento, implicando a la gran mayoría de los habitantes libios, que hasta entonces practicaban un modo de vida nómada y tribal, en un mismo objetivo, la construcción de un Estado de estructuras autoritarias, con la excusa de defenderse frente a los enemigos externos e internos. Estas estructuras, junto a la excusa de la protección del nuevo régimen, hicieron que Libia diera un paso revolucionario para la transformación del país en una sociedad eminentemente productivista. El enfrentamiento armado que vive Libia en la actualidad (año 2011) entre el gobierno de Gadafi y opositores pro-occidentales, independientemente del resultado final, tiene un mismo objetivo: movilizar a amplias masas poblacionales en la defensa de un modelo de sociedad con estructuras autoritarias, pues en el caso de ganar el actual gobierno será necesario un fortalecimiento de las estructuras de dominación, con la excusa de contener al enemigo; y en el caso de ganar los opositores, éstos reforzarán todavía más tales estructuras, con la excusa de consolidar el nuevo régimen frente a los defensores del antiguo. Todo ello, como ya sucedió con la llegada de Gadafi al gobierno, repercutirá también directamente en un progresivo aumento del productivismo o esclavismo de los individuos.
En el caso de los estados capitalistas actuales sucede algo parecido. Al poder no le importa ser odiado, sino todo lo contrario, en cierta medida lo necesita, de tal forma que en muchas ocasiones, y utilizando sus propios medios de comunicación no es extraño que haga publicidad de sus propias maldades (brutalidad policial, corrupción política, voracidad de los mercados o incluso en algunas ocasiones ponga al descubierto, intencionadamente, la perversidad de sus dirigentes) (3), todo con el fin de provocar una reacción entre las masas, para que siempre exista uno o varios grupos sociales enfrentados a él y, gracias a los cuales, pueda justificar sus estructuras autoritarias de poder. En este sentido, los llamados grupos terroristas han sido el ejemplo más extremo de la gran ayuda que unos supuestos opositores han prestado a los estados capitalistas modernos, para la justificación de tales estructuras de poder.
Pero estas estructuras de poder, como ya he dicho, necesitan ser renovadas y fortalecidas periódicamente, en todos los estados, sin importar el signo ideológico del gobierno de turno, por eso no es extraño que se permita, en determinados momentos, la llegada al gobierno de un determinado país a la oposición más recalcitrante (o al menos a parte de sus reivindicaciones), de tal forma que las viejas estructuras autoritarias de poder (auténtico poder, muy por encima del político o ideológico) se refuercen para proteger al nuevo gobernante. La ilusión del cambio serviría para implicar nuevamente a los sometidos en la defensa de estructuras de sometimiento.
En este sentido el 15-M o movimiento de los indignados, impulsado de forma descarada por personajes estrechamente vinculados con las actuales estructuras de poder (Stephane Hessel, Eduard Punset o Baltasar Garzón), tiene el objetivo de escenificar un enfrentamiento con el actual régimen (antiguo régimen), de tal forma que una vez alcanzados sus objetivos (nuevo régimen), las estructuras autoritarias de dominación-sometimiento sirvan para proteger lo nuevo frente a lo viejo. Es decir, el cambio supondría una renovación y un fortalecimiento de las estructuras de dominación de siempre, que, con la excusa de proteger lo nuevo frente a lo viejo, cobrarían nuevos bríos. La clásica estrategia gatopardista de cambiar algo para que todo siga igual alcanzaría aquí su máxima expresión.
En resumen, la sociedad patriarcal autoritaria y sus estructuras de poder (dominación-sometimiento) necesitan del continuo enfrentamiento entre opuestos (independientemente del resultado), para renovarse y fortalecerse, pues de extinguirse este enfrentamiento, dichas estructuras de poder (verdadero poder) no tendrían razón de ser, al no ser consideradas como necesarias entre los individuos. Unas estructuras de poder sin las cuales sería imposible asegurar el productivismo o esclavismo.
Algunos historiadores (4) utilizan la figura de Espartaco y de su lucha contra Roma, como un ejemplo para explicar el modo en que funciona la estrategia del enfrentamiento, como método para mantener vivas las estructuras de poder de dominación-sometimiento, propias del sistema patriarcal, independientemente de quién resulte el vencedor.
Según estos historiadores, la lucha mantenida por Espartaco y su ejército de esclavos contra la Roma imperial, sirvió a ésta para justificar sus estructuras autoritarias (donde el ejército era uno de los principales protagonistas) y movilizar a la población de Roma en defensa de las mismas. Cuando Espartaco se dio cuenta de esto y de que si incluso él llegara a vencer algún día, sería necesario el mantenimiento de tales estructuras y, por lo tanto, el mantenimiento de una sociedad autoritaria, no libre, decidió huir de la lógica del enfrentamiento, lo cual provocó que llegara a su última batalla, en un estado de desmotivación total, que precipitaría su derrota y su muerte.
Entrar en el juego del enfrentamiento significa contribuir al fortalecimiento de estructuras autoritarias de poder (dominación-sometimiento) y, por lo tanto, asegurar la supervivencia del sistema patriarcal autoritario, independientemente de la excusa que se utilice para justificar dicho enfrentamiento y el posterior uso de tales estructuras de poder, pues lo importante no es quién o porqué se ejerce el poder, lo importante es que las estructuras de poder sigan siendo las mismas y el sistema (patriarcal-autoritario) sobreviva. El juego del enfrentamiento es ideal para someter a los seres humanos al productivismo (esclavismo), al verse éstos obligados a renunciar a su desarrollo como individuos, debido a la necesidad de defender continuamente un sistema de estructuras autoritarias para protegerse de un enemigo externo o interno (real o imaginario).
Se podría concluir que el juego del enfrentamiento siempre tiene el mismo resultado: la victoria de la sociedad patriarcal autoritaria y la esclavización de la inmensa mayoría del género humano.
¿Qué hacer entonces?
Como ya dije al principio, mi función no es la de ideólogo ni la de moralista, por lo que no considero mi deber (es más, me parecería un alarde de prepotencia) aconsejar a nadie lo qué debe o no debe hacer y sobre cómo o de qué manera debe vivir, tan sólo soy un interprete de la realidad, que, según los conocimientos y los datos de los que dispone actualmente, trata de hacer un análisis lo más sincero y honesto posible, y compartirlo con todos aquellos a los que les pueda proporcionar una cierta utilidad, pues considero que el conocimiento de la verdad (o al menos su busqueda) es, sin duda alguna, una de las luchas que más sentido puede llegar a dar a la existencia de los seres humanos. En este sentido, me gustaría terminar con una frase de Voltaire, en la que reflexiona sobre la importancia que, según él, debemos dar a los políticos y a la política y sobre quiénes y qué es lo que realmente debemos valorar.
Los políticos y los conquistadores, que no han faltado en ninguna época, suelen ser ilustres malvados. El respeto se debe a los que dominan los espíritus por la fuerza de la verdad, no a los que los convierten en esclavos mediante la violencia; a los que comprenden el universo, no a los que lo desfiguran. Voltaire (5).
Notas
(1) F. Nietzsche, “El ocaso de los ídolos”, La moral como contranaturalaza, tesis 3.
(2) El “juego social” provocado por las estructuras autoritarias de poder (económicas, jurídicas, militares, policiales, intelectuales…), propias del sistema patriarcal, conducen indefectiblemente al productivismo, al colocar por encima del desarrollo personal de los individuos la supervivencia del sistema, frente a los peligros que supuestamente le amenazan y que nacen del continuo enfrentamiento entre opuestos. Es como si se nos dijera: “Sí, podríais trabajar lo justo para vivir, pero es necesario que trabajéis más, que produzcáis más, pues de lo contrario, otros países nos superarán y nos devorarán”. Esta es la principal excusa sobre la que se legitima todo el orden social productivista de las sociedades patriarcales. Es decir, el productivismo es una consecuencia directa de la defensa llevada a cabo por el propio sistema frente a la oposición que lo amenaza.
Esta relación entre defensa de las estructuras autoritarias de poder (o del sistema patriarcal) y el productivismo (esclavismo) se puede apreciar con total nitidez en los grandes conflictos bélicos, donde los individuos, al verse impelidos a defender el sistema, frente a un enemigo que le amenazan, llevan a cabo un aumento de su productividad. Esto es lo que se conoce como economía de guerra.
(3) En este sentido debemos interpretar las filtraciones que el propio poder ha permitido (e incluso en algunas ocasiones realizado el mismo) sobre la intervención de los servicios secretos occidentales en los atentados de bandera falsa, atribuidos habitualmente a al-Qaeda, y que se han venido utilizando para justificar las invasiones militares de diversos países árabes. Tales filtraciones, junto a otras muchas, sobre diferentes "perversidades" cometidas por los dirigentes occidentales (invención de la existencia de armas de destrucción masiva en Irak, para justificar la invasión de dicho país; brutalidad en las prisiones de Guantánamo o Abu Ghraib; fraude farmacéutico de la gripe A), han tenido el objetivo de incrementar el odio de un determinado grupo hacia tales dirigentes, asi como su deseo de derrocarles, consolidando de esta forma una fuerte oposición con la que seguir justificando las estructuras autoritarias de poder.
La revelación (perfectamente dosíficada y controlada) de las "perversidades" cometidas por los dirigentes occidentales, podría llegar a tener también la función de justificar, un futuro cambio de gobernantes, e incluso un cambio de sistema político o económico (escenarios sobre los que se desarrolla el verdadero sistema), que conduciría nuevamente, en el momento que se considere oportuno (en función de las necesidades del poder), a una renovación y a un fortalecimiento de las estructuras autoritarias de poder (sistema patriarcal), con la excusa de salvaguardar el nuevo orden frente al viejo y a todas sus “perversidades”.
(4) Barry Strauss en “La guerra de Espartaco”, reinterpreta el significado histórico de la conocida como la rebelión de los esclavos. Por otro lado, la interpretación que aquí se hace sobre la causa de la derrota de Espartaco corresponde al filósofo español Félix Rodrigo Mora.
(5) Voltaire, “Cartas filosóficas y otros escritos”, Duodécima carta, Sobre el canciller Bacon.

Fuente: antimperialista

1 comentario:

  1. Quizá venga a cuento La Boétie con su máxima "El MAL solo tiene dos cara: el abuso de poder y la servidumbre voluntaria". Por favor no dejéis de publicar. Sois muy necesarios.

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