18 dic. 2011

Lo que toca hacer ahora

Los socialistas dejan el poder. Y no precisamente en olor de multitudes de su militancia de base. A Zapatero ni lo saludan; a Montilla solo les faltó tirarle huevos en la presentación de su informe de gestión al frente del PSC. ¡Qué desagradecidos se muestran los afiliados con quienes encumbraron al partido al control de municipios, comunidades autónomas y administración del Estado tantos años, quienes los enchufaron a todos y les hicieron medrar como ladillas en una casa de putas!

Pero no nos equivoquemos, que la debacle socialista no es sólo en España. Es que el socialismo está hundido en toda Europa, junto con el estado del bienestar que lo catapultó al poder como si la socialdemocracia fuera un lujo más. De hecho, el único “socialismo democrático” que queda en Occidente es el de Obama, ese prematuro Premio Nobel de la Paz que resultó luego un presidente USA aún más genocida que Bush.

Y aquí tenemos al PP listo para actuar. Porque, a pesar del aparente oscurantismo de Mariano Rajoy, la derecha tiene un programa y lo va a aplicar sí o sí:

— Creación de un banco malo para apoyar a los restos de la banca española a salir de su merecida ruina. Y como eso nos dejará sin dinero para nada más:

— Fin de la inversión pública. Ni en obras ni en empresas.

— Caída de la inversión en educación pública en favor de la concertada.

— Adelgazamiento de los servicios sociales y la sanidad.

— Cerrojazo al empleo público durante muchos años.

— Funcionarios interinos y contratados por obra o servicio a la calle.

— Sindicalistas a trabajar, se acabaron los liberados.

— Venta de inmuebles y automóviles.

— Adiós a las subvenciones al agro.

— Se acabó la “cooperación internacional”.

— Fin de los chollos a ONGs y asociaciones de los movimientos alternativos: pacifistas, feministas, ecologistas, anti-racistas, antiglobalizadores y otros, que constituyen las arborescencias del PSOE.

— Fin del federalismo nacionalista, otro lujo del estado del bienestar. Jacobinismo a ultranza.

Y el PSOE se cae del machito precisamente porque el Estado no puede sostener por más tiempo la factura de todo lo anterior. Todo es cosa de dinero, de bienestar y de ostentación.

La izquierda alternativa y anti-sistema española, que ha sido siempre un apéndice del PSOE, está muy cabreada. Y lo va a estar más en cuanto empiecen los despidos y los recortes. Casi igual que nosotros lo hemos estado estos casi ocho años zapaterinos y los ocho anteriores aznarianos, etc., en que no hemos disfrutado de nada que no fuera pagar impuestos y ahora, pasar hambre. Nosotros no vivimos del Estado.

Los progresistas estarán a nuestro lado en la lucha contra el poder estatal, pero no con los mismos propósitos. Porque ellos lo que quieren es volver al poder (los políticos) y al estado del bienestar (sus votantes). Es decir: al pasado, lo que los convierte en reaccionarios. Por eso, los del “no a la guerra” de 2003 callan ahora ante los miles de muertos causados por nuestras fuerzas armadas en Afganistán o Libia, mientras nosotros nos hemos desgañitado llamando asesina de mujeres y niños a la Chacón. No es que la izquierda alternativa no conciba un discurso distinto al del PSOE, sino que éste la ha fagocitado a base de brevas y golosinas. Y la imaginación se les ha agotado jugando con los gadgets de última generación.

¿Y qué viene ahora? ¿Cambiará la izquierda? Pues no en cuanto a ideas, que son las mismas de siempre —Estado y más Estado—, pero sí en cuanto a radicalidad en su expresión. Sin mamadurrias ni subvenciones, los progresistas se echarán a las calles de nuevo. Y eso es un serio peligro para la revolución necesaria que nosotros propugnamos, que implica un adelgazamiento del Estado hasta la anorexia. A esos indignados por la caída de “su estado del bienestar” hay que permitirles acompañarnos. Y si es posible, debemos convencerlos de que no se trata de volver al estado del bienestar —invento de la derecha, no de la izquierda— como era entendido hasta ahora: el consumo desaforado, el hedonismo, el individualismo sostenidos por el Estado con objeto de seguir explotando al pueblo a base de impuestos para mantener opíparamente a la nueva clase burguesa funcionarial, ésa que se codea con la nobleza y el gran capital.

El enemigo no es sólo la derecha –que caerá, como siempre, en todas las trampas que les tendamos a causa de su incontrolable soberbia jesuítica y su complejo de inferioridad moral–, amigos; sino el Estado tal y como está concebido. El capital, franquista hasta la médula, al final del régimen hubo de cambiarse de caballo en medio de la carrera. Y fue el PSOE el artífice del crecimiento del capitalismo, de las grandes empresas españolas, del enriquecimiento de los de siempre más allá de lo soñado –aquella venta de Galerias Preciados por una peseta–, poniendo el Estado a su servicio a cambio de flujos de dinero que permitieron la brutal corrupción de los 80 y 90. Jamás ha habido mejor lacayo de la banca que el PSOE. Preguntadle a Botín, a González, a Fornesa o a March...Ni mayor corruptor del pueblo, al que ha infectado con la cultura del dinero (Mario Conde, modelo de los 80), del funcionariado o la política (Roldán, el desfalcador de la Benemérita, huido en 1993;o Zaplana, a finales de los 90, “yo estoy aquí para forrarme”), y no de la libertad, que se confunde estúpidamente con el consumo, el dinero y la propiedad privada.

La tapadera de esta olla a presión que es España, debilitada, dividida desde el interior por la corrupción nacionalista y atacada desde el exterior por los mercados globales, no es el capitalismo, que huirá miedoso en cuanto haya el menor riesgo de perder un euro, sino el redundante funcionariado que se quedará parasitándonos hasta el final: me refiero a burócratas, enseñantes, sanitarios, policías, militares, sindicalistas, curas (sí, sí, curas, pues viven de los 4.500 millones de euros que España da a la Iglesia cada año) y todos los afiliados de los partidos políticos. Es decir: todos los que viven de los Presupuestos Generales del Estado, esa gran hidra que nos agosta y nos mata.

La clave de la revolución pasa por no reivindicar más el estado del bienestar —que no deja de ser Estado— y el individualismo hedonista, el consumo, el desperdicio, el capricho, sino reclamar la libertad, el uso inteligente del esfuerzo y la cooperación generosa entre semejantes. Porque os lo voy a decir aunque os provoque diarrea neuronal: El hombre es un ser cooperativo, no un depredador. Inimaginable, tras tantos años de lavado cerebral, ¿eh? Así que la democracia republicana constitucionalista o la acracia concejil pasa inexorablemente por un, para algunos, doloroso cambio de valores y de cultura. Ése es el verdadero esfuerzo que nos pide la coyuntura, y no el de trabajar como esclavos para mantener las prebendas de los de siempre. A esos se les ha acabado el chollo, lo mismo que a los socialistas.

Fuente: Ácratas

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